¿Qué fue primero? ¿la gallina o el huevo?

Habitualmente se presenta al jefe como el ruin villano, ególatra, incapaz, desmotivador… ¡y nos olvidamos de que también existen empleados tóxicos capaces de hacer que cualquier jefe, por muy entusiasta que sea, acabe tirando la toalla y abandonando, incapaz de hacer frente a la energía negativa, la mala influencia de trabajadores que minan la moral de muchos jefes; auténticos técnicos del “escaqueo” que parece que están, pero no están, siempre ocupados haciendo nada, desacreditadores profesionales de la empresa, del jefe y de cualquier iniciativa. Incompetentes por vocación que no por capacitación, perturbadores, irrespetuosos, expertos manipuladores, boicoteadores y generadores de conflictos.

¡Vaya fauna! Y así… ¿Quién puede ser un buen líder?

La empresa, como un organismo vivo bien alimentado, acaba acumulando grasa inútil, que puede convertirse en obesidad mórbida si no se realiza una adecuada dieta combinada con ejercicio y actividad, porque toda organización que no desarrolla a las personas, acaba atrofiándolas y aquí viene a colación la pregunta con la que iniciaba éste post: ¿Qué fue primero?.

Un organismo vivo, ejercitado, con una dieta equilibrada se mantiene sano y en forma eliminando de forma natural el sebo que puede acumularse en sus órganos –también en los órganos de gobierno de la empresa- y músculos. ¡Y aquí volvemos a hablar de responsabilidades! ¡Otra vez tiene la culpa el jefe!

En uno de mis destinos como directivo, en Jaén en el año 1987, tuve un gran colaborador, un jefe de equipo que me decía: “Pedro, en ésta empresa hay jefes, jefecillos, monicacos y cagamandurrias”, frase que me resultaba jocosa, si bien hasta años después no entendí el alcance de tan lapidaria expresión. ¡Vamos a analizarla del final al principio!

Y no, la distinción no está realizada en función del cargo, sino en relación a su ejercicio del cargo.

El diccionario de la RAE no recoge el término cagamandurrias, ¡y eso que nuestro académico Pérez-Reverte lo utiliza a menudo!, si bien podemos definirla como: “cobardica, temeroso de que su actuación torpe e ineficaz provoque desgracias mayores, sin personalidad y con poco carácter” Y ¡claro! Aquí comienzo a encajar y “poner cara” a muchos cagamandurrias.

Distinguimos al cagamandurria porque nunca se rodea de personas mejores que ellos, que sienten miedo… ¡mucho miedo! a que alguien perciba su incompetencia y remueva su sillón, acostumbra a no tomar decisiones, amenaza a cualquiera que ose cuestionarle, siempre resalta lo que se hace mal, justificando así su necesidad de control, evita cambiar nada para no cometer errores, paralizando, el desarrollo de empresa y personas.

Causa perplejidad cómo es posible que algunos especímenes ejerzan responsabilidades para las que han demostrado tenazmente que no están capacitados, llegando a minar los resultados de la compañía ¿cómo es posible que éstos sujetos permanezcan en sus cargos y hayan alcanzado tamañas cotas de poder? ¿es un pariente? ¿un protegido? ¡Pues algún jefe tendrá la culpa de ese nombramiento! ¿no? 

La responsabilidad viene de más arriba, ¡siempre la responsabilidad del líder! ¿Quién mantiene y protege al cagamandurria? ¿por qué razón lo hace? ¿tan ciego está para no percibirlo o tiene miedo de quedarse él con “las vergüenzas al aire” si lo cesa? ¡En ese caso habría que seguir apuntando hacia arriba en el organigrama.

Veamos la segunda acepción. El vocablo monicaco sí figura en nuestro diccionario, y en su sentido despectivo se define como: “persona de poco valor, insignificante”. Y en éste nivel ¡también he encontrado muchos adeptos!

El monicaco se muestra temeroso, es inseguro, no tiene carácter para hacer lo que hay que hacer, es incapaz de transmitir hacia arriba por miedo a que le pregunten más, indaguen y no sepa qué decir. Son impresentables 360º o “cretinos esféricos”, que, los mires por dónde los mires, son inútiles que garantizan la pérdida total de entusiasmo, estresan al equipo, promueven bajas por acoso moral y ¡por supuesto! taponan y frustran el potencial de su equipo.

Habitualmente el monicaco necesita cubrir su incompetencia directiva manteniendo distancia con su equipo, rehuyendo los problemas e increpando por cualquier minucia a los miembros de su equipo. Acostumbra a ser desconsiderado y perder las formas siendo el factor número uno de desmotivación en la empresa. Y con éste monicaco ¿puede darse el caldo de cultivo óptimo para que el equipo demude en alguno de los tipos de empleado tóxico expresados en el primer párrafo de éste post? ¡yo creo que SI! En ocasiones la grasa a eliminar la tenemos donde más daño hace y si no se toman medidas puede sincopar a todo el organismo.

¡En tercer lugar de ésta escala tenemos a los jefecillos! El diccionario de la RAE no recoge el término como tal, si bien yo los defino como: “aquellos ejecutivos que, tengan la categoría que tengan, gritan a la menor excusa y se creen siempre lo que no son”. ¿Conocéis alguno? ¡seguro que sí!

El jefecillo hace valer sus galones, es autoritario, dirige, verifica y controla, piensa que lo hace mejor que los demás (y en ocasiones tiene razón), le importan los resultados por encima de todo y se promociona a sí mismo como líder del equipo, está únicamente orientado a los números y detesta el error.

El jefecillo manda, inspira miedo, tiene empleados y no un equipo de trabajo, se preocupa por todo, siempre habla en primera persona (Yo, Yo, Yo…), cada tarea es urgente para hoy, y los éxitos son únicamente atribuibles a su capacidad organizativa –que la tiene-.

Un jefecillo contrata en base a experiencia comprobada y calificaciones, impone un reglamento y trata a su gente como subordinados, siempre está al frente para indicar y ordenar.

Está claro que dirigir no es fácil, nadie nace enseñado, ser jefe conlleva además una serie de cargas adicionales, tales como que los demás reinterpreten cada una de tus palabras, que critiquen tu salario porque tu esfuerzo físico es inferior, en ocasiones debes transmitir instrucciones desde arriba con las que no estás absolutamente de acuerdo, y hagas lo que hagas, nunca conseguirás contentar a todos.

La crisis ha adelgazado los recursos de muchos departamentos, ocasionando jefes saturados que realizan tareas que no les corresponden dejando a la empresa huérfana de jefes.

Por éstas y otras muchas dificultades ¡qué difícil es ser jefe!, pero ¡volvamos al diccionario! ¿qué dice la RAE sobre el significado de jefe?, me quedo con las que tienen relación con el presente artículo: “persona que tiene autoridad o poder sobre un grupo para dirigir su trabajo o sus actividades” “representante o líder de un grupo”.

Llamo la atención sobre dos de las palabras incluidas en la definición: “autoridad líder”. Y de cada una de ellas me queda con la definición que se adecúa al sentido de éste ensayo:

·        Autoridad: “aptitud para hacerse obedecer o para influir sobre otras personas. Crédito de la persona cuya opinión sobre cierta materia o actividad es respetada y tenida en cuenta debido a su alto grado de conocimiento sobre las mismas”

·        Líder. Desde una acepción sociológica. Persona que ejerce su autoridad sobre los miembros de un grupo basándose en la confianza que le otorgan.

Conviene observar las implicaciones que tiene ser jefe destacando las palabras clave: un jefe tiene autoridad y liderazgo. La autoridad es aptitud para hacerse obedecer o influir y su opinión es tenida en cuenta y respetada por su alto grado de conocimiento y el liderazgo es el ejercicio de la autoridad basado en la confianza.

 Mucho se ha escrito sobre liderazgo ¡y lo que queda!, por lo que no voy a hablar de las características de un líder sino de las tareas. Si un jefe dedica más tiempo a responder correos electrónicos, hablar por teléfono y realizar informes que a gestionar su equipo ¿Quién lleva las riendas de la empresa? Si los equipos tienen que improvisar porque con el jefe no pueden contar como directivo ¿cómo saben que van por el camino correcto?

Tenemos mucho jefecillo, monicaco y cagamandurria que impide a los más capaces dirigir a sus equipos hacia el éxito, que no dedican tiempo a guiar, dialogar, analizar, coordinar, comunicar, corregir, escuchar, crear, mejorar, solucionar, involucrar a las personas, gestionar las emociones y la energía del equipo. ¡Y así nos va! Todo el día ocupados, sin parar, con una carga de trabajo descomunal pero sin tener claro hacia dónde nos dirigimos, gestionando únicamente la urgencia del día a día ¡No tengo tiempo para pararme! ¡deprisa, deprisa! Como decía el Sr Conejo de Alicia en el País de las Maravillas sin saber muy bien hacia donde se dirigía y por qué tenía tanta prisa.

Quizá deberíamos de parar unos minutos y reflexionar antes de continuar corriendo hacia ninguna parte.

¿Hablamos?                                                                                                                                                             

 Te espero en pedro@pedrovalladolid.com

Madrid 08 de Enero de 2017

1 Comentario. Dejar nuevo

[…] En ocasiones he escrito sobre liderazgo y analizado diferentes tipologías de jefes tóxicos, cuya dirección todos en algún momento hemos presenciado, vivido y también sufrido: https://www.pedrovalladolid.com/jefes-jefecillos-monicacos-y-cagamandurrias/ […]

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